«Dibujo las cosas que me hablan»: Javi Aznárez para What’s in a Lamp?
En las pequeñas escenografías teatrales del ilustrador español, colaborador habitual de Wes Anderson, cobra vida alrededor de cada lámpara de Foscarini una historia llena de detalles, humanidad y una sutil y punzante ironía.
«Fue como entrar a una fiesta sin conocer a nadie y elegir, por instinto, a las personas con las que empezar a charlar». Así relata Javi Aznárez, ilustrador español autor de innumerables portadas para The New Yorker y colaborador de Wes Anderson, su primer encuentro con las lámparas de Foscarini.
Porque para Aznárez las lámparas, como las personas, tienen carácter: están «las que se hacen notar de inmediato y las más esquivas», que solo se conceden con el tiempo; las de formas esenciales y las más audaces, casi extravagantes. Y él se divierte dibujando esa variedad porque, como dice, «igual que con las personas, da gusto tener un poco de todo a nuestro alrededor».
Curiosidad, atención y empatía son, por tanto, los elementos clave de su forma de trabajar. Detrás de la inmediatez de las historias visuales que construye —pequeñas escenografías teatrales repletas de detalles, donde cada gesto y cada objeto tiene su lugar—, siempre hay algo más que invita a quien observa a detenerse un instante extra. Algo que nace de una comprensión profunda del objeto y del personaje, y que conecta con el mundo de quien los mira: el sentir contemporáneo, las tensiones, los deseos, las contradicciones humanas. Y, siempre, ese toque de ironía ligera (a ratos abiertamente grotesca bajo la superficie elegante del dibujo) que le permite evitar cualquier caída en el moralismo o lo didáctico


¿Qué te inspiró para What’s in a Lamp?
«Mirando las lámparas de Foscarini, algunas me parecieron simpáticas de inmediato, mientras que otras me ignoraban con frialdad. Con algunas empezamos a charlar en seguida y las ideas salieron solas. Seguro que también influyó cierta atracción física, aunque no siempre: un par de lámparas al principio me parecieron un poco raras, pero luego resultaron ser divertidas e ingeniosas. Fue un poco como cuando entras a una fiesta y no conoces a nadie: en un momento dado empiezas a hablar con alguien y todo fluye».
Tus ilustraciones parecen a menudo pequeñas escenografías teatrales, llenas de detalles e pistas narrativas: ¿de dónde partes cuando creas una escena?
«Parto de un boceto muy elemental, en el que defino el punto de vista y una composición que me permita ubicar todos los elementos. Cuando las imágenes son muy detalladas, intento que sean fáciles de leer y que la composición guíe la mirada del espectador a través del dibujo».
Siempre hay un hilo conductor de ironía en tu trabajo, incluso cuando los temas son serios o melancólicos: ¿cuánto cuenta el humor en tu manera de contar una historia?
«Es fundamental. Me gusta encontrar lo absurdo en cada situación, por dramática que sea. A veces me veo obligado a dibujar escenas muy serias, elegantes y terriblemente aburridas, pero mientras las dibujo imagino situaciones grotescas que me hacen el proceso más divertido. Es algo muy sutil —una mirada, un pie que roza a otro— y desde luego no es evidente en el dibujo terminado, pero en mi cabeza esos distinguidos personajes al fondo del bar están organizando una orgía en la oficina».
Trabajaste muy de cerca con Wes Anderson para The French Dispatch: ¿qué te dejó esa colaboración?
«Aprendí mucho de Wes, sobre todo a transmitir una idea clara de un solo vistazo. Durante los dos primeros años hice todos los dibujos a mano, pero poco a poco las escenas empezaron a complicarse: tenía que dibujar un número enorme de personajes y edificios, y hacerlo a mano era dificilísimo —sobre todo cuando había cambios y tenía que rehacer toda la composición—, así que empecé a trabajar con tableta gráfica. Desde entonces no he dejado de usarla. Trabajando en los carteles de la película, decidí eliminar la profundidad y la perspectiva de los edificios para poder concentrarme siempre en todos los detalles. Fue ahí, con Wes, donde empecé a dibujar esas escenografías teatrales».
¿Qué fue lo primero que te llamó la atención de las lámparas Foscarini que ilustraste? ¿Y cómo las elegiste?
«Me gustó el contraste entre lámparas muy sencillas, de formas esenciales, y otras muy insólitas, de formas más audaces. Me divertí dibujando ambos tipos; exactamente igual que con las personas, viene bien tener un poco de todo».
¿Cuánto importa el detalle —un pequeño gesto, un objeto secundario, una expresión— a la hora de crear la atmósfera de una ilustración?
«Todo lo que ocurre en la ilustración importa. Si dibujo a 200 personas, me gusta que cada una tenga su propia personalidad; cada objeto y cada línea del dibujo tiene su lugar. Paso mucho tiempo asegurándome de que cada detalle funcione. Sé perfectamente que pocas personas se detendrán más de unos segundos a mirar el dibujo, pero yo lo veo todo, y cuando algo es superfluo o está fuera de lugar, me molesta».
¿Qué lámpara te hizo sentir más libre mientras trabajabas, o cuál te sorprendió más por la dirección hacia la que te llevó?
«Me sentí muy libre en la escena de alta montaña. Percibí Birdie como una lámpara muy ligera, que te podrías llevar a cualquier parte. Luego me sorprendió cómo surgió la idea del hombre de las cavernas: Aplomb es una lámpara visualmente sencilla, pero me inspiró mi mejor idea».
¿Cuál es la cualidad más importante para un ilustrador hoy en día?
«Hoy más que nunca, un ilustrador debe tener personalidad —ser él mismo—, porque si no habrá una máquina que lo haga más rápido, más barato y mejor».
¿Qué es para ti la creatividad?
«Como decía antes: se trata de ser uno mismo y encontrar la mejor manera de expresar esa singularidad».
Descubre la colaboración con Javi Aznarez y la serie completa en el canal de Instagram @foscarinilamps, y explora todas las interpretaciones del proyecto What’s in a Lamp?, donde artistas internacionales son invitados a interpretar libremente la luz y las colecciones de Foscarini.